Hablamos con Oriol Fontdevila sobre equipamientos culturales

Hablamos con Oriol Fontdevila sobre equipamientos culturales

Fotografía: Jose Begega

Oriol Fontdevila es uno de nuestros referentes en materia de mediación cultural. Comisario, escritor e investigador, centra su trabajo en las intersecciones entre la práctica artística y la educación. Actualmente reside en Barcelona, donde se encarga de la co-dirección artística de la Sala d’Art Jove de la Generalitat de Catalunya. Nos interesa especialmente su visión sobre el papel de la mediación cultural a la hora de gestionar equipamientos culturales, las conexiones entre práctica artística y territorio o el desarrollo de políticas culturales. De todo esto y alguna cosa más hablamos con él en la siguiente entrevista.

Hola Oriol, empecemos hablando de tu perfil profesional. La transversalidad es inherente en tu trabajo. Has realizado y realizas proyectos de investigación, crítica, mediación y gestión cultural. ¿Con cuál de estas prácticas te sientes más conectado en este momento?

Me siento identificado con la acepción más clásica de mi trabajo: con el comisariado y la crítica de arte. Lo que me interesa es resignificar estas categorías con otros modos de trabajo. Me gusta considerar el trabajo con públicos, porque cuando se habla de comisariado o de crítica parece que se habla de un trabajo dirigido a audiencias especializadas o bien a profesionales del mundo del arte y pienso que, precisamente, hay un gran potencial crítico en atender lo social en su diversidad. Para mí no sólo es arrogante, sino también infructífero, el hecho de pensar el arte como el patrimonio de unos pocos. Cuando hablas con un artista o un comisario, generalmente presuponen llevar la complejidad instalada en su mirada y que su punto de vista es crítico per se. Para mí esto es falso y pienso que necesitamos del trabajo permanentemente en la diferencia para generar algo más enriquecedor. Digamos que mi conexión con la educación tiene que ver con esto. Para mí es un modo de alimentar mi trabajo.

El modelo organizativo de la Sala d’Art Jove difiere del de otras instituciones estatales que se ocupan de la creación emergente. En vuestro caso, agentes culturales privados entran en la institución a través de un equipo de dirección que no está formado por empleados públicos. ¿Cuáles son las particularidades del equipo que formas junto a Txuma Sánchez?

En 2006 un equipo de personas en la Dirección General de Juventud decide darle una vuelta a la Sala d’Art Jove y contactan con dos externos: Por un lado con Experimentem amb l’ART para generar un Plan Director de Educación. Por otro conmigo, que ya había pasado por la sala como comisario, para realizar un Plan Director en relación a la Práctica Comisarial.

Desde Experimentem amb l’ART pensaron que sería buena idea aliarnos porque la educación debería de ser la base para la producción de exposiciones. Nos centramos en la potencialidad de la educación como pieza clave para mejorar las dinámicas de productivas, de trabajo con los artistas y del propio espacio. Así empezó este modelo de agentes externos colaborando en la Sala d’Art Jove. Al principio fue todo muy precario y después ya se ha establecido una forma de colaboración más estable. Txuma empezó a trabajar con Experimentem amb l’ART y ahora se ha quedado como yo, trabajando como freelance a part-time. Este año hemos podido contratar a una persona más que ya había pasado por la Sala d’Art Jove: Lara Fluxà. Nuestro rol tendrá que ser relevado antes o después y necesitamos contar con personas jóvenes en el equipo.

Desde 2006, el equipamiento ha crecido y dado muchas vueltas, ha sufrido muchas transformaciones. Aunque esta fórmula ha respondido a las circunstancias y necesidades en las que nos encontrábamos, sería irregular que Sala d’Art Jove fuera llevado sólo por externos. En este sentido es muy importante el rol de Marta Vilardell, técnica de cultura de la Dirección General de Juventud que se encarga de la coordinación técnica. No obstante, sería interesante que se hiciera una apuesta por Sala d’Art Jove y se configurara como un equipamiento autónomo en el que se sacan a convocatoria pública las plazas de dirección, coordinación, departamentos, etc.

Si nos centramos en las dinámicas de trabajo de la Sala d’Art Jove, lleváis a cabo tareas que van desde la programación pura y dura al diseño y la convocatoria de ayudas a la creación ¿Puedes compartir algunas de las metodologías con las que se lleva a cabo la dirección artística de la sala?

Tengo la hipótesis de que si la sala ha sobrevivido al desmoronamiento de la política cultural catalana ha sido por nuestra fragilidad. Sería muy fácil desmontar Sala d’Art Jove, pero el balance entre lo barato que salimos y el rédito que generamos hace que nos mantengamos ahí.

Por ley no somos un equipamiento, somos un programa y esto hace que hayamos tenido que aprender a ser nómadas y flexibles. Estamos trabajando en red con muchos de los museos y centros de arte catalanes. Estas colaboraciones nos han permitido sobrevivir, aunque en su lado más perverso también nos convierten en una especie de maquila para las grandes instituciones culturales. Ellos nos aportan presupuesto, legitimidad, posicionamiento, pero hay la contra-lectura de precariedad: hay el peligro de devenir una agencia con mano de obra barata para los mismos centros.

En cuanto a metodologías de trabajo propiamente dichas, una de las principales es poner la educación en el foco de la actividad. Los artistas que participan son seleccionados por convocatoria pública anual y tienen un acompañamiento que se hace a través de mediadores. La mitad de los mediadores también acceden por convocatoria pública. Esto resulta en una estructura de organización compleja en la que no sólo aprende el artista, sino que con los procesos de mediación se pone en juego la programación año tras año. De este modo, esta puede ir desde hacer doce exposiciones al año a hacer sólo dos, por hacer intervenciones publicas o programas de radio.

Probamos distintos modos de difundir la práctica y de distribuirla en el espacio público. Entendemos la sala como una especie de laboratorio y tampoco nos centramos en el espacio físico. Puede ser que un año no hagamos nada en la sala y nos lo llevemos todo a la calle.

Nos interesa que, desde el punto del vista del artista, se aprenda a valorar la mediación. A que no por encerrarnos en el cubo blanco vamos a ser más listos y a que el conocimiento se produce en el espacio público. Repensamos constantemente los modos de producción, difusión y aprendizaje y eso es muy interesante también para mismo el equipamiento. Repensamos constantemente la convocatoria para incluir el input que nos llega de los participantes. Entendemos lo que hacemos no sólo como aprendizaje para los artistas o los públicos, sino como pedagogía institucional en toda regla.

Desde el punto de vista de la generación de redes y comunidades, lleváis a cabo un trabajo muy innovador en relación a la deslocalización de proyectos, a la construcción de territorio o la colaboración con otras instituciones. ¿Nos puedes contar algunos ejemplos en los que habéis puesto en marcha con éxito este tipo de prácticas?

Hemos establecido relaciones con otras instituciones para algunos de los proyectos que promovemos cada año. Los dos proyectos de investigación anuales los coproducimos con el MACBA; los dos proyectos editoriales con La Panera de Lleida, que esta especializado en publicaciones de artista; los dos de educación con ACVIC, etc. El año pasado tuvimos la primera modalidad de trabajo sobre performatividad y teatralidad, con El Bòlit en Girona. Hangar da soporte a la producción de los diez proyectos de creación, que pueden utilizar su infraestructura. Se cuenta también con la colaboración del Museu Nacional d’Art de Catalunya o Lo Pati. Gracias a esta red aseguramos recursos de producción y legitimidad, pero también impacto territorial. Esto sería muy difícil de conseguir sin socios directos en el territorio.

En este mismo sentido, participasteis en Circuitos XXV años, un proyecto de la Comunidad de Madrid que se lleva a cabo en la Sala de Arte Joven y en el que pista>34 fue responsable del comisariado de esa edición. ¿Cómo ves la conexión entre las dos ciudades a nivel de instituciones culturales? ¿Existe una red articulada entre la Comunidad de Madrid y Cataluña?

Debería ser mas firme, seguro. Ahora mismo es una colaboración leve o débil y deberíamos poder reforzarla. A muchos niveles las dos ciudades comparten cosas, con otras se distinguen y con otras simpatizan.

Creo que los intercambios entre contextos deben suceder antes de la excelencia. Es verdad que uno de los problemas de la escena barcelonesa, supongo que también ocurre en Madrid, es la tendencia a una cierta endogamia institucional.

Ahora en la sala tenemos, por ejemplo, un intercambio con el HISK de Gante (Bélgica): llevamos a dos artistas a una estancia allí y recibimos a otros dos en Barcelona. Vemos que este es uno de los modelos de crecimiento. Entendemos que tenemos que salir de aquí, pero lo hacemos apostando por los intercambios cualitativos, como en el caso de la propuesta con Circuitos. No jugamos la baza de convocar público internacional masivo, sino de intercambios entre contextos que generen experiencias fructíferas entre los artistas.

En Cataluña ha habido experiencias con un cierto recorrido como la de la Xarxa, que pretendía conectar a todos los centros culturales a nivel de recursos y gestión de proyectos, con independencia de su titularidad ¿Qué podemos aprender de este modelo y cuáles son los retos desde un punto de vista territorial?

Aquí voy a abrir un paréntesis para aclarar que hay dos redes. Por un lado la red de centros que instaura el Departamento de Cultura a principios de los dos mil. Por otro se encuentra XarxaProd, que surge de los mismos centros y es más polifacética. Funciona de modo autogestionado, casi como una especie de sindicato de centros, con más acciones de guerrilla. Pienso que es interesante para incentivar unos modelos públicos de calidad. Ahora mismo a nosotros nos consideran una suerte de satélite de la primera: por primera vez en 2017 recibimos el soporte y un poco de presupuesto de esa red, aunque es verdad que está en crisis. A ella pertenecen ACVIC, La Panera, Bòlit, Lo Pati, Hangar, etc.

La red del Departamento de Cultua fue una de las grandes apuestas de Cataluña con las políticas culturales, porque planteaba la relación arte y sociedad por medio de desplegarse relaciones cualitativas con el contexto de cada centro, poniendo en marcha experiencias de arte público o comunitario y no sólo exposiciones para ser vistas, sino procesos para ser compartidos. Con la crisis económica, lo primero que se hizo fue recortar presupuesto de esta red. Era una política cultural que permitía un modelo de centros de arte sin centro o infraestructura, en los que se podían accionar modelos de trabajo más participativos, con procesos educativos, en consonancia con el ideario del decrecimiento. etc. El modelo era próximo al de las fabricas de creación, si bien focalizando en este caso en arte contemporáneo. En la actualidad se ha dejado de apostar por esto, volviendo al modelo de cultura espectacular. Sería importante volver a potenciar centros de naturaleza más nómada, híbrida y contemporánea y no tanto el museo tradicional.

Centrándonos en un ámbito más local en cuestión de política cultural, ¿cómo analizas los procesos de nueva institucionalidad y nuevo municipalismo que se están viviendo en ambas ciudades?

En Barcelona hay una frustración importante por parte del sector desde el momento en que se entrega la cartera de cultura al gobierno socialista, paralizando algunos procesos que sí eran interesantes. Por otra parte, me sorprendió que, cuando desde el nuevo municipalismo, con una perspectiva de transformación, se empezó a usar el término mediación el sector reaccionó con bastante resistencia. No hubo tiempo de experimentarlo, pero creo que se entendió la mediación como arte comunitario o la educación y, evidentemente, no todos los artistas están interesados en esto. Pero no se supo explicar que la mediación es la base de cualquier tipo de trabajo contextual en arte y que para ello sigue siendo necesaria la calidad artística. O más bien, que gracias a la mediación se llega a la calidad artística.

Desde mi punto de vista, la mediación es la posibilidad de sintonizar el trabajo artístico con el trabajo infraestructural: no hay posibilidad de experimentación si el arte y su estructura quedan implicados a la par. De este modo es que con la mediación se requiere generar una pedagogía a todos niveles. Desde el nuevo municipalismo no dio tiempo a obtener resultados en este sentido, por lo menos en Barcelona.

Fomentar la creación joven es fundamental y son necesarias más acciones en esa línea. Sin embargo, en un entorno tan precarizado y difícil como el cultural, cada vez suena más la pregunta: “¿Qué pasa con los eternos emergentes?”

Aquí has dado en el clavo. Es un tema realmente complicado. Si fuera por mí, la Sala d’Art Jove no tendría límite de edad. La propia configuración de la convocatoria ya está pensada para resultarle interesante a un perfil de artista que está empezando o que está relacionado con el territorio. La inflación de valores jóvenes sin tener en marcha unos canales para dar trabajo a posteriori y para instarles socialmente o darles recursos profesionales es un problema. Que hayamos sobrevivido nosotros o el Premi Miquel Casablancas o el programa de arte de Can Felipa, que somos de los programas institucionales más débiles, y no otras estructuras más profesionalizantes responde a la pregunta. No hay políticas culturales que apuesten por el arte en absoluto y esto es profundamente decepcionante.

Yo no tengo soluciones, pero sí creo que debería de haber un sistema de proyectos de media carrera bien articulado a nivel promocional. A nivel artístico se deberían de potenciar otros vínculos profesionales y también con la sociedad.

En Cataluña hay varios ejemplos de programas educativos que acogen artistas en institutos de secundaria. Me preocupa la dinámica tipo fast food que a menudo acompaña la implementación de estos programas, pero en todo caso también es cierto que abren un campo que va más allá de la mera cuestión de la promoción de la excelencia artística y apuesta por vehicular el arte de otras maneras con el territorio. Tal vez en este tipo de marco sirvan también para generar experiencias fructíferas a los agentes creadores. En este sentido, los resultados podrían ser muy buenos si las agendas institucionales también se someten a un cierto modelaje de la mano de estos procesos.

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